El panorama escolar mundial se ha transformado radicalmente debido a la integración acelerada de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC). En Chile, a pesar del liderazgo en infraestructura regional, solo el 39% de los docentes se sentían preparados para el uso pedagógico de estas herramientas antes de la educación virtual forzada por la pandemia. Esta brecha técnica y formativa ha dado paso a un fenómeno crítico conocido como tecnoestrés, donde la tecnología deja de ser un apoyo para convertirse en un factor de agotamiento.

“El cansancio acumulado es esperable en la docencia y suele disminuir con el descanso; el tecnoestrés, en cambio, emerge cuando la tecnología se convierte en una fuente constante de presión. La evidencia muestra que este estrés no solo agota, sino que erosiona el compromiso docente, reduciendo la dedicación y la calidad de la interacción en el aula”, afirma el Dr. Eduardo Sandoval, investigador de la Universidad Autónoma de Chile.

Bajo esta premisa y en el marco del proyecto Fondecyt Regular Nº 1250213, el académico lideró una revisión sistemática (2015-2025) que integró evidencia de 6.630 participantes de educación primaria y secundaria. El análisis —publicado en la revista Education Sciences— confirmó una correlación negativa crítica: a medida que aumenta la presión percibida por las TIC, disminuyen automáticamente el vigor, la dedicación y la absorción de los docentes en su labor. Este desgaste impacta directamente en la capacidad de innovación pedagógica y en el clima escolar.

“Lo más urgente es eliminar la hiperdisponibilidad y la cultura de inmediatez que debilita la enseñanza. La tecnología es aliada cuando simplifica procesos, pero se vuelve un riesgo cuando multiplica tareas y extiende la jornada laboral”, señala Sandoval, también director del Grupo de Investigación en Ciencias Sociales (GICS) de la U. Autónoma.

Infoxicación y estrategias de regulación

El estudio revela que el impacto en los docentes varía según el perfil: los hombres sufren más tecno-ansiedad y en educación básica hay mayor resiliencia que en media. Sobre el entorno, se asocia lo urbano a la «infoxicación» (intoxicación por información) y lo rural a la mala conexión, aunque el análisis advierte que aún falta evidencia para confirmar esta brecha territorial. Bajo este escenario, la investigación sitúa la autoeficacia digital como el principal escudo protector, pues el agotamiento se dispara cuando el profesor no se siente competente para manejar el cambio.

Para revertir el desgaste, el trabajo académico destaca la importancia del apoyo institucional bajo el modelo de Demandas y Recursos Laborales (JD-R), el cual permite que las exigencias digitales operen como un «tecno-desafío» motivador en lugar de una «tecno-amenaza» paralizante. “La evidencia acumulada en nuestros estudios muestra que los docentes que logran sostener su compromiso en contextos de alta exigencia digital no son necesariamente los que dominan más tecnologías, sino aquellos que son capaces de gestionar sus estados emocionales ante la sobrecarga, priorizar las demandas y mantener claridad respecto del propósito y alcance de su trabajo, particularmente, en la influencia o huella que dejan en las futuras generaciones”, resalta el Dr. Sandoval.

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