En Chile, el primer pololeo llega en promedio entre los 13 y los 15 años. Para muchos adolescentes, esa relación inaugural también puede ser la primera vez que experimentan violencia de pareja. Según la X Encuesta Nacional de la Juventud (INJUV, 2022), el 14,4% de los jóvenes de entre 15 y 29 años ha vivido violencia psicológica en una relación romántica. En estudios realizados exclusivamente con población escolar, las cifras son aún más altas: hasta un 51% reporta haber sufrido violencia psicológica.

En ese contexto, un reciente estudio desarrollado en el marco de un proyecto de investigación FONDECYT de la Universidad Autónoma de Chile, en el que participan Laura Lara, Verónica Gómez-Urrutia y Edgardo Miranda-Zapata, y publicado en el Journal of Interpersonal Violence, revela que los mitos sobre el amor romántico (“los celos son una prueba de afecto”) y la tolerancia hacia el abuso no afectan igual a hombres que a mujeres, con mayores consecuencias en la salud mental de las adolescentes.

En la investigación se trabajó con 1.123 estudiantes de enseñanza media de Talca, de entre 13 y 18 años, y midió simultáneamente variables como los mitos románticos que las y los jóvenes suscriben, cuánta violencia están dispuestos a tolerar en una pareja, qué formas de abuso han experimentado —tanto presenciales como digitales— y cómo se encuentra su salud mental.

De todas las variables analizadas, la que mostró la asociación más robusta y transversal fue la aceptación de la violencia en la pareja. Los y las adolescentes que mostraban mayor tolerancia hacia comportamientos abusivos —ya sea minimizándolos, justificándolos o interpretándolos como parte normal de una relación— reportaban niveles más altos de victimización en todas las formas medidas: violencia psicológica, física, sexual, control digital y agresión directa en línea. Y esto ocurría tanto en hombres como en mujeres.

La brecha de género

El estudio muestra, además, que en los y las jóvenes los mitos románticos no se asociaron con ninguna forma de violencia. La única variable que predijo victimización fue la aceptación del abuso. Y, lo más revelador: entre los varones, ninguna forma de violencia mostró una asociación significativa con peor salud mental. Eso no significa que no la sufran, aclara el estudio, sino que probablemente la minimizan, la normalizan o no la reportan como un problema emocional, en línea con los mandatos de masculinidad que desalientan expresar vulnerabilidad.

En las adolescentes, en cambio, el panorama es diferente y más grave. Las jóvenes que creían que el amor implica sufrimiento reportaron más violencia psicológica, física y sexual. Y la violencia psicológica, a su vez, se asoció directamente con mayores niveles de depresión, ansiedad y estrés. Es decir, existe una cadena: el mito romántico predice la victimización, y la victimización predice el deterioro de la salud mental.

“Uno de los aportes más relevantes del estudio es que contribuye a un debate actual: si la violencia de pareja en la adolescencia afecta de la misma manera a chicos y chicas. Nuestros resultados indican que no. Aunque ambos pueden experimentar situaciones de violencia, las consecuencias no son equivalentes. En las chicas, la violencia psicológica se asocia con mayores niveles de ansiedad, depresión y estrés”, explica la Dra. Laura Lara, investigadora principal del proyecto.

Para el equipo de investigadores, los resultados del estudio deberían tenerse en cuenta al momento de diseñar programas de prevención, “porque ponen el foco en algo clave: la violencia no solo depende de lo que se hace, sino de lo que se considera aceptable, como las creencias que vinculan el amor con el sufrimiento. Prevenir la violencia implica no solo identificar conductas de riesgo, sino también cuestionar las ideas que pueden hacer que esas conductas se perciban como normales”, agrega la investigadora.

Por último, la Dra. Lara agrega que “cuando conductas como el control o los celos se interpretan como parte de una relación o incluso como muestras de amor, se reduce la capacidad para identificarlas como violencia. Esto convierte la reducción de la tolerancia hacia la violencia en un elemento central de cualquier estrategia preventiva”.

Compartir en