Con una megasequía que ya suma 15 años y una baja de lluvias de hasta el 40% en la zona central de Chile, la agricultura tradicional enfrenta un desafío de supervivencia. Para intentar salvar sus cosechas, los agricultores han dependido históricamente de fertilizantes como el nitrógeno o el fósforo sintético. Aunque estos productos ayudan a que la planta crezca, dañan la salud del suelo a largo plazo y aumentan los costos de producción.
Buscando romper este ciclo dependiente de los químicos, la ciencia chilena encontró la solución en las bacterias del género Bacillus. Este microorganismo está presente en la rizosfera –capa de tierra «viva» que abraza a las raíces de las plantas– y opera como probiótico vegetal, el cual se pega a la raíz para absorber los nutrientes del suelo y luego los entrega a la planta aumentando su fortaleza y productividad. Sin embargo, la crisis climática les puso una trampa: el sol extremo y la falta de humedad matan a estas bacterias prematuramente.
«Blindaje» biológico
Para evitar dicho fenómeno, un equipo de investigación liderado por la Dra. Cynthia Meza, en el marco de su tesis doctoral guiada por la Dra. Aparna Banerjee (Universidad Autónoma) y el Dr. José Mesquita-Neto (U. Católica del Maule), desarrolló un «blindaje» biológico único.
«El uso de exopolisacáridos (EPS) como parte del sistema de microencapsulación ofrece varias ventajas clave frente a otros materiales convencionales, especialmente en términos de protección y funcionalidad biológica. Los EPS forman una matriz tridimensional que actúa como una barrera protectora frente a condiciones ambientales adversas como la desecación, cambios de temperatura y radiación UV», explica la Dra. Banerjee sobre este escudo protector que facilita la adhesión a la raíz y asegura la supervivencia de la bacteria incluso en suelos severamente afectados por la falta de agua.
Más porotos con menos químicos
La eficacia de este «blindaje» fue puesta a prueba en condiciones reales de campo en un sitio experimental en Panguilemo, cerca de Talca. Allí, el equipo —que incluyó la colaboración del Dr. Antonio Fernández-Barbero (U. de Almería, España) y el Dr. Basilio Carrasco (Centro de Estudios en Alimentos Procesados, CEAP)— evaluó el impacto de la tecnología en tres variedades de porotos tradicionales: ‘Zorzal’, ‘Sapito’ y ‘Mantequilla’.
“El hallazgo más determinante fue comprobar que el bioestimulante logró un aumento consistente y transversal en el rendimiento de los tres tipos de porotos evaluados. Fue clave evidenciar que la microencapsulación permitió mantener vivas y funcionales a las bacterias en condiciones reales de campo, superando una de las principales limitantes históricas de los bioinsumos. Además, al retener la humedad y fortalecer a la planta, logramos reducir entre un 20% y 30% el uso de fertilizantes químicos, dando un paso concreto hacia una agricultura más sostenible”, afirma la investigadora de la U. Autónoma.
Escalamiento industrial
Tras los buenos resultados en el Maule, el equipo ya proyecta el escalamiento de esta solución biotecnológica a nivel industrial y, además, validar su eficacia en otros cultivos estratégicos afectados por la sequía y la salinidad en la zona central. «Nuestro foco ahora es avanzar en los aspectos regulatorios para transferir esta tecnología al sector agrícola como un bioinsumo comercial, sostenible y a mayor escala», concluye la Dra. Aparna Banerjee.