Una planta puede experimentar cinco estados vitales fundamentales dependiendo de su interacción con el entorno: desarrollo óptimo, deshidratación severa, déficit lumínico, asfixia por falta de ventilación y estrés térmico. Para el ojo humano, el problema radica en que los síntomas de estas condiciones suelen ser invisibles hasta que se produce un deterioro tisular evidente, es decir, marcas físicas irreversibles, como manchas secas, marchitez profunda o necrosis, en la hoja y el tallo.
Para transformar esta compleja fisiología vegetal en una experiencia interactiva, el Dr. Rodrigo Rodríguez, profesor investigador en el Instituto de Ciencias Aplicadas de la Universidad Autónoma de Chile, creó Pulpix. Este innovador juguete educativo, diseñado con la forma de un pulpo de 30 centímetros de ancho por 20 de alto, es un sistema de monitoreo ambiental basado en microcontroladores que opera en tiempo real. Utilizando sensores científicos integrados en sus tentáculos para evaluar el estado exacto del cultivo, el dispositivo guía a los escolares, mediante el juego, en las acciones necesarias para devolver al vegetal a su equilibrio natural.
Ojos y tentáculos interactivos
“Pulpix nació en un trekking, casi por casualidad. Iba conversando con mi colega Camilo Céspedes y le comenté en qué estaba trabajando en mi proyecto Fondecyt Iniciación de ANID sobre sensores agrícolas. Él me dijo: ‘qué fascinante sería que los niños pudieran usar tus sensores para entender la naturaleza de una manera divertida’. Esa frase fue la chispa”, relató el bioquímico de 32 años nacido en Temuco.

Fabricado con hardware de código abierto y piezas internas impresas en 3D —con el fundamental apoyo técnico del ingeniero Jaime Guarda—, el dispositivo funciona impulsado por una batería de litio. En su arquitectura, cada uno de sus tentáculos constituye una medición científica real: una sonda metálica para la temperatura del suelo, un par de puntas de inserción para la humedad de la tierra, un módulo para la humedad del aire y un sensor de luz solar.
Los datos son procesados y contrastados con parámetros validados por un equipo multidisciplinario —Claudia Rabert en fisiología vegetal y Claudio Mella en calibración de laboratorio—. El diagnóstico se comunica a través de dos ojos LCD interactivos que muestran expresiones visuales simples. Además, mediante un puerto USB permite programarlo, desplegar los valores numéricos exactos al tocar sus ópticas o proyectar las métricas en un teléfono móvil para un análisis profundo.
Del océano a la sala de clases
Pulpix fue diseñado para acercar la programación, los datos y el medio ambiente a las nuevas generaciones. Con el objetivo de generar un vínculo afectivo, el proyecto inicia con un video narrativo ilustrado donde un pulpo que vivía tranquilo en el océano decide salir a la superficie al notar cómo los humanos desperdician el agua. Organizados en grupos, los niños reciben esta mascota tecnológica, una planta de tomate viva y una bitácora. Al intervenir las condiciones del cultivo (por ejemplo, variando el riego), observan las reacciones, registran datos empíricos y sacan conclusiones, siempre acompañados por sus profesores, quienes actúan como co-facilitadores del aprendizaje.
“La experiencia está pensada para que los estudiantes nunca sean receptores pasivos, sino protagonistas de una exploración científica real. Lo innovador es que no es una demostración estática: es un sistema vivo que responde en tiempo real a una planta real, así que cada experiencia en el aula es distinta, porque cada organismo reacciona de forma única a lo que los niños decidan hacer”, explicó el creador.
Con un enfoque inicial en la Región de La Araucanía —debido al fuerte peso cultural del agua y la tierra en la zona—, el proyecto se consolidó gracias al fondo +Comunicados 2026 del Centro de Comunicación de las Ciencias (CCC) de la Universidad Autónoma de Chile. Al respecto, el investigador valoró la retroalimentación institucional recibida para garantizar un funcionamiento robusto antes de llegar a las aulas, proyectando que este respaldo abre la puerta para construir a futuro todo un ecosistema de juguetes educativos enfocados en distintas problemáticas ambientales, permitiendo que la ciencia salga del laboratorio y se proyecte a nuevos territorios del país.