Por primera vez en 141 años de historia ferroviaria chilena, en 2025 fueron movilizados 66 millones de usuarios por los 2.300 kilómetros de vías de trocha ancha distribuidas en 10 regiones y pertenecientes a la Empresa de los Ferrocarriles del Estado (EFE). Sin embargo, detrás de este arrollador éxito numérico y de modernización, existe un engranaje humano que ha sido progresivamente invisibilizado, a pesar de ser el verdadero motor que sostiene la conectividad y la identidad del país, especialmente en las zonas rurales.

“La mayoría de la literatura académica dice relación con la infraestructura ferroviaria, como residuo del patrimonio industrial, y lo romántico o folclórico que resultan los trenes para la historia de nuestro país. No obstante, los funcionarios de EFE son actores clave en el funcionamiento, mantención y puesta en valor de los objetos ferroviarios. Junto a la ciudadanía, son los encargados de dar vida a estos objetos inanimados”, plantea el Dr. Hernán Riquelme Brevis, investigador y director del magíster en Patrimonio y Turismo de la Universidad Autónoma de Chile.

Maule, Biobío y La Araucanía

Para observar esta problemática, el Dr. Riquelme lideró un trabajo de campo en el marco del proyecto Fondecyt de Iniciación “Patrimonio ferroviario en movimiento” (N° 11240525) de ANID. La investigación —publicada en coautoría con el Dr. Alejandro Vallina de la Universidad Autónoma de Madrid y titulada Movilidad ferroviaria y raíces territoriales: recuerdos y roles sociales de los trabajadores ferroviarios en el centro-sur de Chile — se sumergió en la realidad de los trabajadores a través de entrevistas y etnografías de viaje (registro de costumbres, dinámicas y significados culturales) en servicios emblemáticos de las regiones del Maule, Biobío y La Araucanía.

“El tren funciona en movimiento, pero esta realidad no termina cuando el tren queda estacionado. Es un eslabón de movilidades que comienza con la construcción de las ciudades a partir de las estaciones, sus usuarios y la sociedad que le entrega un valor cultural relevante. En las zonas de estudio, la aceleración de la vida se contrapone con ritmos distanciados de las metrópolis, donde el tren es un observador participante de costumbres propias. Allí, la distinción entre lo urbano y lo rural se desvanece lentamente, porque se necesita del tren para acceder a la vida cotidiana», afirma el doctor en Ciencias Sociales de 38 años.

El desafío de las políticas públicas

En este escenario, el estudio advierte que los nuevos modelos de gestión estatal, a menudo puramente tecnocráticos, tienden a chocar con esta herencia territorial. Al respecto, el especialista subraya que no se puede diseñar transporte desconociendo la historia local. «El tren no funciona de la misma forma y con las mismas necesidades a nivel nacional. A simple vista pareciera ser que las personas solo se desplazan de un punto a otro, pero el éxito del transporte y el patrimonio ferroviario depende de la sintonía que tenga la ciudadanía con este dispositivo», argumenta.

Por ello, el mensaje a los planificadores de políticas públicas y transporte es directo: el éxito de la reactivación de los trenes en Chile no depende solo de comprar máquinas modernas, sino de comprender la cultura y el tejido social de los territorios que cruzan. “Se detecta un vacío a nivel académico respecto al rol del ferrocarril como objeto patrimonial y de transporte interurbano, que tiene una representación central en la conformación de los territorios, la movilidad cotidiana y el paisaje visual de la zona centro sur del país”, concluye el Dr. Riquelme, nacido en Concepción.

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