Por primera vez, los “guardianes” del acuerdo ambiental más exitoso de la historia se han replanteado cómo miden la supervivencia de la biosfera, esa zona de la Tierra donde es posible la vida. Cada cuatro años, el Programa de Medio Ambiente de las Naciones Unidas (UNEP) congrega al Panel de Evaluación de los Efectos Ambientales (EEAP), un exclusivo círculo de académicos enfocado en promedios globales. Sin embargo, durante su reciente cumbre –del 7 al 15 de agosto en Copenhague–, surgieron nuevas preguntas.
En suelo danés, el Dr. Roy Mackenzie —investigador del Instituto de Ciencias Aplicadas de la Universidad Autónoma y líder del Capítulo 11 del Informe Cuadrienal del EEAP— presentó un análisis inédito que cruza el Protocolo de Montreal, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Agenda 2030 y los Límites Planetarios, tres perspectivas estratégicas frente a la crisis ambiental. “Este marco se basa en procesos esenciales para sostener la biosfera, estableciendo límites cuantificables para fijar una zona de actividad segura para el ser humano y una zona de riesgo si se sobrepasan. De los nueve procesos que componen los Límites Planetarios, como el uso de agua dulce o la acidificación oceánica, ya hemos traspasado siete, por lo que estamos operando en la zona de riesgo de desestabilización”, explica el académico rancagüino.
Impacto biológico y escepticismo
El documento incorpora hitos recientes como la transgresión en 2025 del umbral de acidificación oceánica (agua del mar más ácida por absorción masiva de dióxido de carbono, CO₂). Respaldado por Global Change Biology, el estado de saturación de aragonita se situó en 2,84, cruzando el umbral seguro de 2,86. “La biosfera marina opera fuera de su zona segura. Los corales y plancton ya no logran formar sus conchas con normalidad, afectando toda la cadena alimentaria”, advierte el biólogo de 42 años.

Introducir un marco conceptual nuevo en la alta política de la ONU no fue sencillo. “Al principio, la recepción del panel fue de cierto escepticismo frente al uso de los Límites Planetarios”, explica. El recelo técnico nacía de un problema metodológico: usar un límite y un promedio general que aplana y esconde las características de cada región. No obstante, para el equipo de Mackenzie, lejos de ser un defecto, esa discusión permitió relevar la urgencia de los datos locales.
“Este es precisamente nuestro caso en Chile: el agujero de ozono antártico es un fenómeno regional que, por su inestabilidad ante el cambio climático, tiene un impacto directo en la radiación UV en el sur del país, tanto a la salud humana como a los ecosistemas altoandinos y australes subantárticos”, plantea. Las cifras lo avalan: mientras el promedio global seguro es de 284 Unidades Dobson (DU), la Antártica ha registrado un mínimo crítico de 147 DU. Frente a esta amenaza local, su equipo monitorea la radiación de forma permanente desde el Parque Omora, en Isla Navarino (archipiélago de Tierra del Fuego).
De Chile al mundo
De cara al Informe Cuadrienal que publicará la UNEP en diciembre —el cual advertirá sobre el escenario de “el mundo que evitamos”, revelando que, sin el tratado de Montreal, para 2065 el agujero se habría triplicado y el planeta se calentaría 2°C extra—, el investigador destaca la importancia de incidir. “Tener una voz directa en el EEAP significa que los datos generados en Chile forman parte del diagnóstico del planeta e influyen en la toma de decisiones”, afirma el Dr. Mackenzie.
Cabe señalar que esta vinculación internacional es continuidad de la histórica primera reunión del panel en Chile, desarrollada en marzo pasado en la sede Huechuraba de la Universidad Autónoma. Dicha instancia conectó a los expertos de la ONU con alumnos del Doctorado en Ciencias Aplicadas, quienes convierten estos debates mundiales en casos de estudio reales.