Si en la década de los ’80 el profesor era la primera fuente de conocimiento, hoy la integración de la inteligencia artificial (IA) en la educación superior está cambiando la forma en que se enseña y se aprende. Por un lado, permite experiencias dinámicas adaptadas a ritmos individuales, mejorar el compromiso, la comprensión y los resultados de aprendizaje; pero también presenta desafíos éticos, de privacidad de los datos, sesgo algorítmico y la posible deshumanización del proceso de enseñanza.
En su investigación “Integration of artificial intelligence in higher education: relevance for inclusion and learning” del 2024, el Dr. Iván Suazo, Vicerrector de Investigación y Doctorados de la Universidad Autónoma de Chile, explica que integrar correctamente la IA en las instituciones de educación superior requiere un enfoque equilibrado entre innovación y ética, inclusividad y practicidad.
Subraya además que futuros estudios en esta materia deben centrarse, en lo fundamental, en desarrollar directrices integrales sobre ética y privacidad, comprender las barreras y motivaciones de los docentes para adoptar estas herramientas desarrollando programas de formación específicos, y fomentar colaboraciones interdisciplinarias incluyendo la perspectiva de los estudiantes como codiseñadores de las aplicaciones.
Integridad científica
La Dra. Isabel Cornejo-Plaza, directora del Módulo Jean Monnet Ethics and Research Integrity in the Digital Age (e-RIDE) de esta casa de estudios, añade que el uso de la IA particularmente en la investigación confirma la necesidad de una formación ética de base y la importancia de supervisar las fuentes otorgando el debido reconocimiento a los autores.
A ello suma que los procesos de revisión de pares en las publicaciones científicas y proyectos concursables deben ser monitoreados de tal manera que si se usa IA ésta debe adaptarse a los entornos culturales, curarse de sesgos y supervisar las referencias y giros propios de la práctica.
A su juicio, la integridad es esencial. Los académicos que desarrollan actividades de investigación tienen una responsabilidad social más allá de la ética individual. A partir de sus invenciones, descubrimientos y resultados se construye gran parte de las prácticas profesionales y, en definitiva, de todo el avance de la sociedad.
La nueva realidad exige una serie de pasos que deben ser permanentemente monitoreados, evaluados, corregidos y ajustados: un correcto diagnóstico que reconozca que la IA puede aumentar las capacidades humanas pero no reemplazarlas; políticas adecuadas e inclusivas que incorporen a actores más allá del mundo universitario, y la elaboración de códigos de conducta ética y de buenas prácticas y un proceso de capacitación.