El consumo en exceso de alcohol y los trastornos del ánimo suelen avanzar de la mano, creando un ciclo difícil de romper para millones de personas. Más allá de la dependencia física o el impacto emocional, la ciencia busca responder qué ocurre en el organismo para que la depresión persista aun cuando una persona decide dejar de beber.
En ese contexto, investigadores del Instituto de Ciencias Biomédicas de la Universidad Autónoma de Chile, liderados por la Dra. Diliana Pérez, analizaron los mecanismos biológicos que conectan el sistema digestivo con el cerebro, publicando un estudio en la revista científica Frontiers in Nutrition, donde plantean que una intervención nutricional que aumente el consumo de fibra puede transformarse en un aliado para la salud mental.
De acuerdo con el análisis, el consumo crónico de alcohol puede alterar o debilitar las uniones estrechas que contribuyen a mantener la integridad de la barrera intestinal. Al debilitarse este filtro natural, se produce lo que la ciencia denomina «intestino permeable», una condición que permite que toxinas bacterianas se filtren hacia el torrente sanguíneo. Una vez en la sangre, pueden activar respuestas inflamatorias y señales sistémicas capaces de afectar la función cerebral, alterando el equilibrio de neurotransmisores esenciales para regular el ánimo, como la serotonina y la dopamina.
En la misma línea, los investigadores advierten que esta alteración intestinal no se resuelve de manera automática al suspender el consumo de alcohol. Algunas alteraciones pueden persistir durante la abstinencia, lo que explica por qué la irritabilidad, el desánimo y el deseo intenso de volver a beber persisten en el tiempo, aumentando el riesgo de sufrir recaídas.
“La evidencia que revisamos indica que, durante la abstinencia, pueden persistir alteraciones de la microbiota intestinal y de la barrera intestinal”, explica la Dra. Pérez, agregando que “una de las hipótesis que planteamos es que algunos de los síntomas que persisten durante la abstinencia, como el craving, la ansiedad, la anhedonia y los síntomas depresivos, podrían estar relacionados, al menos en parte, con un eje intestino-cerebro que todavía no se ha recuperado por completo”.
La fibra como aliado
La investigación también postula que, en este escenario, la fibra actúa como un «escudo biológico» y no solo como un elemento digestivo. Al ser fermentada por la microbiota intestinal, la fibra genera metabolitos como los ácidos grasos de cadena corta, entre ellos el butirato, que participan en el mantenimiento de la integridad de la barrera intestinal y en la regulación de respuestas inflamatorias. A partir de estos mecanismos, se plantea que una mayor disponibilidad de estos metabolitos podría contribuir a modular las señales que conectan el intestino con el cerebro.
“Esto podría disminuir la permeabilidad intestinal y, posteriormente, reducir las señales inflamatorias que llegan al cerebro. Además, es una estrategia particularmente atractiva, porque se trata de alimentos ampliamente disponibles y de una intervención que, en principio, podría incorporarse como complemento de los tratamientos actuales”, explica la directora de la investigación.
En la misma línea, la académica de la Autónoma aclara que “lo que tenemos es una señal experimental muy prometedora y algunos estudios clínicos iniciales que muestran que modificar la microbiota mediante fibra o prebióticos es factible y seguro en personas con trastorno por consumo de alcohol”.
Sobre el futuro de la investigación, la Dra. Diliana Pérez sostiene que “el siguiente paso fundamental es pasar de una hipótesis con respaldo experimental a ensayos clínicos que permitan demostrar si realmente funciona”, destacando también que es importante determinar qué tipo de fibra funciona mejor y en qué pacientes.
Por último, la investigadora recalca que esta estrategia no reemplaza los tratamientos existentes, sino que tendría mayor valor como complemento: “No estamos diciendo ‘coma fibra y se evitará una recaída’. Lo que planteamos es que hemos identificado un mecanismo biológico potencialmente modificable y ahora necesitamos demostrar, mediante estudios clínicos rigurosos, si intervenir en dicho mecanismo puede contribuir a mejorar la recuperación y reducir el riesgo de recaída”.