La fruticultura chilena está en alerta tras las crecientes exigencias de seguridad alimentaria en mercados estratégicos como China y el sudeste asiático, donde la fiscalización sobre pesticidas y fungicidas es cada vez más estricta, imponiendo límites de residuos químicos sumamente bajos para autorizar el ingreso de la carga. Este escenario obliga a los exportadores a buscar alternativas eficaces para contener la pudrición gris (Botrytis cinerea), un hongo que causa millonarias pérdidas durante los más de 30 días de traslado marítimo a destino.

Frente a este desafío, la investigadora del Instituto de Ciencias Aplicadas (ICA) de la Universidad Autónoma, Dra. Yaneris Mirabal, lidera un proyecto que transforma las pepas de uva descartadas por las viñas del Maule en un bioinsumo protector para las cerezas, aunque también suma ensayos preliminares alentadores en arándanos, manzanas, kiwis, uvas, frutillas y peras. «Una de las cualidades de nuestro producto es que no deja residuos tóxicos. Esto es especialmente relevante para una industria que necesita proteger los envíos durante el viaje y, al mismo tiempo, responder a las exigencias de inocuidad de mercados como China», explica.

Fruticultura del futuro

A solo meses de la adjudicación del proyecto financiado por la Fundación para la Innovación Agraria (FIA), la Dra. Mirabal avanza en las primeras pruebas de laboratorio de este desarrollo proyectado a tres años. La técnica consiste en inyectar ozono dentro del extracto de las semillas para activar sus propiedades desinfectantes y frenar la aparición de hongos sin usar químicos sintéticos.

«Lo que hacemos es darle una segunda vida a un residuo de la industria vitivinícola. El valor de esta propuesta radica en conectar dos sectores clave para el Maule: lo que para el vino es un desecho, se convierte en un recurso para la fruticultura, transformando un problema de acumulación de residuos en una oportunidad de innovación con valor para la región», señala.

Validación y salto comercial

Más allá de frenar la proliferación de la Botrytis cinerea, la científica cubana busca resolver una ecuación doble: garantizar la eficacia del tratamiento sin alterar parámetros críticos como la firmeza, el color y el sabor de la fruta. «Ya demostramos a escala de laboratorio que la solución funciona retardando la aparición del hongo, pero seguimos reuniendo evidencia para establecer en qué condiciones ofrece una protección consistente y preservar las cualidades que valora el consumidor. Por eso preferimos avanzar paso a paso antes de adelantar porcentajes de eficacia», aclara.

El desafío para los próximos años será escalar este avance desde las placas de Petri a la operativa real de la industria. Para ello, la Dra. Mirabal evalúa la estabilidad del bioinsumo en condiciones de planta de embalaje (packing), transporte refrigerado y cumplimiento de la normativa internacional.

«Una cosa es tener resultados alentadores en ensayos y otra es asegurar que el tratamiento funcione en los volúmenes, tiempos y condiciones de un packing. La meta es entregar una herramienta práctica que se integre a la poscosecha sin generar complicaciones operativas. Más que un desarrollo aislado, buscamos construir una línea de innovación con propiedad intelectual que conecte a las industrias del Maule y responda con evidencia a las exigencias internacionales», concluye.

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