Frente a la urgencia climática y los exigentes estándares de los mercados globales, la agricultura chilena enfrenta un reto estructural: transformar la investigación científica de laboratorio en soluciones prácticas para el suelo. Para acelerar esta transición tecnológica, la Universidad Autónoma de Chile —a través de su Dirección de Innovación y Transferencia— y la empresa Martínez y Valdivieso (MyV) premiaron a los cinco ganadores del Desafío Agro-Future Joint Lab, una inédita iniciativa de innovación abierta que distribuye 35 millones de pesos para validar tecnologías de alto impacto en el campo.

El motor de la alianza científica y productiva

Durante la ceremonia desarrollada el 9 de septiembre en el Centro de Investigación e Innovación en Huechuraba, el Dr. Iván Suazo, vicerrector de Investigación y Doctorados (VRID) de la Universidad Autónoma de Chile, destacó el rol activo de la academia: “La ciencia se construye en el marco de una sociedad que tiene necesidades y urgencias, y que está integrada por el sector productivo y el privado. Las universidades tenemos el rol de entender los problemas y aportar a su solución con la mejor ciencia disponible”.

Desde la perspectiva de la industria, esta colaboración adquiere un sentido operativo directo frente a la contingencia. Alfonso Besa, gerente de Marketing de Martínez y Valdivieso (MyV), subrayó el valor práctico de la sinergia: “Nuestros clientes tienen un montón de [obstáculos], como el cambio climático, la exigencia de los distintos mercados o la producción de alimentos. Para nosotros es muy importante ser un puente y poder llevar los conocimientos de la Universidad Autónoma al campo chileno”.

El modelo validó su efectividad al captar rápidamente el interés del ecosistema científico para resolver estos nudos críticos. Víctor Sierra, director de Innovación y Transferencia de la casa de estudios, detalló que “en un periodo muy reducido de un mes, entre julio y agosto, logramos capturar la atención de 36 propuestas, de las cuales diez fueron finalistas y cinco quedaron seleccionadas”. Con una fase operativa que arranca en octubre, la meta institucional es que estas soluciones superen su validación técnica y se conviertan en tecnologías disponibles para el sector agrario durante 2027.

Las cinco soluciones científicas

El certamen se estructuró en dos líneas de acción. La Modalidad 1 galardonó tres iniciativas internas orientadas al desarrollo de Prototipos Mínimos Viables (PMV). Entre ellas destacó la Dra. Karem Gallardo con un bioacondicionador para reestructurar suelos degradados. “Nuestro proyecto consiste en el uso de biopolímeros producidos por microorganismos extremófilos aislados del desierto florido y la Antártica, que al mezclarse con residuos agrícolas permiten recuperar la estructura del suelo”, explicó, recalcando que se trata de compuestos biodegradables, inocuos y libres de microplásticos. El podio interno lo completaron el Dr. Andrés Olea, con una formulación biocompatible contra la Botrytis cinerea, y el Dr. Gino Corsini, con un dispositivo de bacterias antárticas para la conservación postcosecha.

En la Modalidad 2, abierta al ecosistema científico externo, el Dr. Mauricio Schoebitz, de la Universidad de Concepción, triunfó con “Hidrobac”, un bioestimulante granular sólido. “Es un producto que tiene la finalidad de almacenar agua en el suelo y liberar de forma progresiva bacterias promotoras del crecimiento vegetal”, explicó el investigador. Además, valoró la convocatoria como un puente necesario hacia la industria: “Es un círculo virtuoso que nos permite a los académicos continuar con nuestras investigaciones y hacer las pruebas para demostrar su efecto directo en condiciones reales de campo”.

La lista de galardonados externos la cerró el Dr. Alejandro Madrid, de la Universidad de Playa Ancha, con “Drosoff”, una innovadora nanoemulsión bioinsecticida a partir de aceites esenciales diseñada como una alternativa natural y sustentable para el control de la mosca de la fruta.

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