Las realidades sociales muestran sus rostros más complejos en períodos de crisis. Una persona sorda que ve imposibilitada su comunicación dado el uso del tapabocas del interlocutor, el cual le impide leer sus labios, es un problema social. Un adulto mayor con pérdida auditiva y aparatos de audición, en situación de confinamiento, quien tiene dificultades para entablar una conversación, ya que la mascarilla del otro distorsiona su voz, atraviesa un problema social.

La lengua de señas se reconoce en Chile como el medio de comunicación natural de la comunidad sorda. Sin embargo, sólo un pequeño porcentaje de la población normoyente sabe comunicarse a través de dicho sistema. ¿Afecta esto la integración de la persona sorda a la sociedad? ¿Se trata de un problema que debe ser atendido sólo desde la política pública o los ciudadanos también pueden contrarrestar escenarios como los descritos?

Los efectos de la pandemia por COVID-19, no sólo se resumen en estadísticas de contagio. El cambio en las rutinas diarias ha redundado en complicaciones mayores que revelan deudas en la sociedad.

Como cada 31 de agosto desde el año 2012, el pasado lunes 31 de agosto se conmemoraró el Día Nacional de las Personas Sordas, oportunidad en que se reflexionó sobre la realidad chilena de quienes padecen algún tipo de hipoacusia y ausencia de la audición.

Sobre este respecto fue consultada la académica de la carrera Fonoaudiología de la Universidad Autónoma de Chile en Talca, Carolina Mansilla, también Magíster en Audiología, para quien existe una gran deuda con las personas que padecen algún tipo de limitación auditiva.

“Más que las familias, estamos fallando como sociedad, porque no estamos capacitados en lengua de señas. Si esto se enseñara a nivel público, en todas las escuelas, lo más probable es que muchas más personas estarían aceptando el uso del lenguaje de señas”, comenta la también fonoaudióloga del Servicio de Otorrinolaringología del Hospital Regional de Talca, quien subraya que la prevalencia mundial de hipoacusia refiere que de uno a tres niños por cada mil nacimientos, presenta algún problema auditivo; uno de estos niños tendrá hipoacusia severa profunda, por lo que probablemente requiera una amplificación mayor a la entregada por los audífonos convencionales y por tanto, un implante coclear.

DIAGNÓSTICO OPORTUNO

Mansilla destaca que dentro de las políticas públicas del país, el Sistema de Garantías Explícitas en Salud (GES) de Hipoacusia en menores de cuatro años de edad, permite que, una vez realizado el diagnóstico, el Estado le entregue al paciente los audífonos que requiera su caso, a propósito del desarrollo de su lenguaje y las habilidades comunicativas.

Sin embargo, en opinión de la académica también es necesaria una política pública que promueva el diagnóstico auditivo luego del nacimiento del niño. “Siempre estamos corriendo con un desfase debido a que los niños que no son diagnosticado en una etapa inicial pierden la oportunidad de estar usando audífonos a los seis meses de edad, lo que es un muy buen pronóstico, porque no hay tanto desfase en el desarrollo de habilidades del lenguaje, si se compara con un niño normoyente. En cambio, cuando no es así, el promedio del diagnóstico de estos chicos es posterior a los dos años”.

La fonoaudióloga, experta en el área infantil, comenta que cuando un niño recibe diagnóstico de hipoacusia, se aconseja a los padres potenciar sus habilidades comunicativas, independientemente de que sea de forma oral o a través de señas, a propósito de avanzar en una terapia postimplante, en caso de que este último sea necesario. Además, cuando el niño ya cuenta con un sistema de comunicación adquirido, tiende a generar menos dificultades conductuales.

“Un niño que no ha desarrollado su lenguaje se frustra al no poder comunicar sus necesidades y presenta dificultades comportamentales mayores en relación con un niño que, con limitantes lingüísticas orales, tiene un sistema de comunicación gestual que le ha permitido comunicarse”, apunta.

APORTE INDIVIDUAL

Si bien es posible la integración de un niño con limitaciones auditivas a escuelas para normoyentes, a través de un proyecto de integración, lo cual también promueve mejores perspectivas futuras para su integración social, Mansilla comenta que desde la individualidad también se pueden realizar aportes para aminorar la barrera de comunicación, como: aprender lengua de señas.

Señala que además de adquirir el conocimiento en lengua de señas a través de diccionarios especializados, se pueden tomar programas gratuitos, bien sean presenciales o en línea, entregados por organizaciones especializadas.

A juicio de Mansilla, es fundamental que la ciudadanía conozca expresiones básicas o frases cotidianas en lengua de señas, como un saludo, preguntar el nombre o lugar de residencia; esto promueve el acercamiento y una mejor integración social de la persona sorda.

La invitación es a “colocarse en el lugar del otro” y tener una especial consideración para comunicarse.

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