Columna de opinión por Dr. Jorge Las Heras Bonetto

Ninguna pandemia fue nunca tan fulminante y de tal magnitud. En sólo 100 días el virus ha recorrido ya todo el planeta y ha obligado a encerrarse en sus hogares a miles de millones de personas. Algo inimaginable.

Esta pandemia no es sólo una crisis sanitaria, es lo que las ciencias sociales califican de “hecho social total”, en el sentido de que convulsa el conjunto de las relaciones sociales y conmociona a la totalidad de los actores, de las instituciones y de los valores.      

La humanidad está viviendo –con miedo, sufrimiento y perplejidad- una experiencia inaugural. Descubriendo que la historia es impredecible. Nos hallamos ante una situación enigmática, sin precedentes.              

Nadie sabe interpretar y clarificar este extraño momento de tanta opacidad, cuando nuestras sociedades siguen temblado sobre sus bases como frente a un cataclismo cósmico.   

Las decenas de protestas populares desde Hong Kong a Santiago de Chile, se ha ido apagando a medida que el virus se extendía por el mundo

La gente vuelve los ojos hacía la ciencia pidiendo el descubrimiento de una vacuna salvadora, como antes se dirigían a la religión.  También buscan refugio y protección en el Estado.

En general, el miedo colectivo cuando más traumático más aviva el deseo de Estado, de Autoridad, de Orientación. Las organizaciones internacionales y multilaterales de todo tipo (ONU, Cruz Roja Internacional, G7, G20, FMI, OTAN, Banco Mundial, OMC, etc.) no han estado a la altura de la tragedia, por su silencio o por su incongruencia.             

El planeta descubre que no hay comandante a bordo.

La propia Organización Mundial de Salud (OMS), desacreditada por su complicidad estructural con las multinacionales farmacéuticas, ha carecido de suficiente autoridad para asumir, como le correspondía, la conducción de la lucha global contra la nueva plaga.

Lo que parecía distópico y propio de dictaduras de ciencia ficción se ha vuelto “normal”. Se multa a la gente por salir de sus casas.

Se acepta que nuestro móvil nos vigile y nos denuncie a las autoridades (China. Corea del Sur, Singapur, etc.). Se propone que quién salga a la calle sin su teléfono sea sancionado y castigado con prisión.

A quedado claramente demostrado que las políticas de privatización a ultranza de los sistemas públicos de salud han resultado criminales, y se revelan absurdas. Los gobiernos que ahorraron gastos en los últimos años recortando los servicios de salud, ahora gastarán mucho más a causa de la epidemia.     

La economía mundial se encuentra paralizada por la primera cuarentena global de la historia.

En la escena geopolítica, la espectacular irrupción del nuevo coronavirus, ha desbaratado por completo el tablero de ajedrez del sistema mundo.

En todos los frentes de guerra desde Libia, Siria, Yemen, Afganistán, Sahel, Gaza, etc. los combates se han suspendido. La peste ha impuesto de facto, con más autoridad que el propio Consejo de Seguridad de la ONU, una efectiva Pax Coronavírica.

En política internacional, la desastrosa, pavorosa y surrealista gestión de la crisis por el presidente de los Estados Unidos, asesta un golpe muy duro al liderazgo mundial de ese país, en el momento del mayor trauma sufrido por la humanidad desde hace siglos, cuando el devenir del nuevo orden mundial se está jugando.   

Se observa que las potencias más poderosas y las tecnologías más sofisticadas han resultado incapaces de frenar la expansión mundial del virus.

Las palabras “confinamiento” y “cuarentena” que parecían pertenecer al léxico medieval, se han convertido en vocablos usuales. Los confinados en sus viviendas son más de cuatro mil millones de personas. Jamás había ocurrido esto que ilustra la actual anormal normalidad.                  

Se cuenta con una tecnología que permite controlar los deseos, ideas, acciones y movimientos, la manipulación de opiniones y acciones a través de los medios de información. De esta manera los hechos desaparecen y el relato se convierte mecánicamente en realidad objetiva.

Hay controversias sobre el origen de este virus aparecido en Wuhan (Hubei,China). Estudios científicos solventes descartan que el nuevo coronavirus sea un arma biológica de diseño liberada intencionalmente o por accidente. Existe un amplio acuerdo entre los investigadores internacionales para reconocer que este nuevo germen ha surgido del mismo modo que otros anteriormente: saltando de un animal a otro animal (nosotros los seres humanos). En los humanos hay siete tipos de coronavirus conocidos que pueden infectarnos. Cuatro de ellos causan diversas variedades de resfriado común. Y otros tres de aparición reciente, producen trastornos mucho más letales como el síndrome respiratorio agudo y grave (SARS), emergido en 2002; el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS), surgido en 2012; y por último esta nueva enfermedad, la covid-19, causada por el SARS-CoV-2, cuyo primer brote de detectó en el mercado de mariscos de Wuhan en diciembre de 2019.

Los brotes y las epidemias del 2002 y del 2012 no se globalizaron, de igual manera en todo el planeta.

Uno de los motivos por el cual éste se generalizo tan rápidamente, es su estrategia de irradiación silenciosa, o sea su capacidad de propagarse sin levantar sospechas, ni siquiera en la persona infectada, que no presenta ningún síntoma de enfermedad durante los primeros días y es el momento en que es más contagioso y más se propaga el virus, estudios serios indican que la mitad de los contagios se deben a individuos no diagnosticados y sin síntomas aparentes.

En solo un 15 % de las personas infectadas, el virus produce una neumonía. Pero como el número de contagiados es masivo y simultáneo y estas personas acuden a las urgencias de los hospitales al mismo tiempo, colapsan los sistemas sanitarios de cualquier país por muy desarrollado que sea.

No obstante, esta es una pandemia, cómo diría Gabriel García Márquez, muy anunciada.

Se pueden decir muchas cosas para explicar la escasa preparación de los gobernantes, pero el argumento de que nadie sabía que habría una pandemia o epidemia de esta proporción, que se trataba de un problema imprevisible, algo que nadie esperaba, surgido de ninguna parte NO ES ACEPTABLE.

Hay un proverbio famoso en Salud Púbica que dice: “Los brotes son inevitables, las epidemias no”.     

Personalidades visionarias, avisaron desde hace tiempo, que el saqueo y el pillaje del medio ambiente podrían tener consecuencias sanitarias nefastas.

Epidemias recientes como el SARS de 2002, la gripe aviar de 2005, la gripe porcina de 2009 y el MERS de 2012 ya habían alcanzado niveles de pandemia incontenibles en algunos casos y habían causado miles de muertos en todo el planeta.

Decenas de prospectivistas y varios informes recientes habían lanzado advertencias muy serias sobre la inminencia del surgimiento de algún tipo de nuevo virus que podría causar algo así como la madre de todas las epidemias. El más importante de estos análisis fue presentado en noviembre de 2008, por National Intelligence Council, la oficina de anticipación geopolítica de la CIA, que publico para la Casa Blanca un informe titulado “Global Trends 2025 : A Transformed Word.  Este documento resultaba de la puesta en común –revisada por las agencias de inteligencia de Estados Unidos- de estudios elaborados por unos dos mil quinientos expertos independientes de universidades de unos trenta y cinco países de Europa, China, India, África, América Latina, mundo árabe musulman, etc.

Con un insólito sentido de anticipación, el documento confidencial anunciaba para antes de 2025, “la aparición de una enfermedad respiratorio humana nueva, altamente transmisible y virulenta para la cual no existen contramedidas adecuadas, y que se podría convertir en una pandemia global”. El informe avisaba que “la aparición de una enfermedad pandémica depende de la mutación o del reordenamiento genético de cepas de enfermedades que circulan actualmente, o de la aparición de un nuevo patógeno en el ser humano que podría ser una cepa de influencia aviar como el H5N1, u otros patógenos, como el SARS coronavirus, que también tiene este potencial”.     

El texto advertía con impresionante antelación que “si surgiera una enfermedad pandémica, probablemente ocurriría en un área marcada por una alta densidad de población y una estrecha asociación entre humanos y animales, como muchas áreas del sur de China y del sudeste de Asia, donde no están reguladas las prácticas de cría de animales silvestres lo cual podría permitir que un virus mute y provoque una enfermedad zoonótica potencialmente pandémica”.      

También los autores preveían el riesgo de una respuesta demasiado lenta de las autoridades.

Como si ese documento no fuera suficiente, otro informe más reciente, de enero de 2017 elaborado esta vez por el Pentágono y destinado el presidente, alertó de nuevo claramente que “la amenaza más probable y significativa para los ciudadanos estadounidenses es una nueva enfermedad respiratoria” y que, en ese escenario, todos los países industrializados, incluido Estados Unidos, carecerían de respiradores, medicamentos, camas hospitalarias, equipos de protección y mascarillas para afrontar una posible pandemia”

A pesar de este informe, el gobierno de Estados Unidos no dudó en deshacerse, del comité encargado – en el seno del Consejo de Seguridad Nacional- de la protección de la Salud Global y la Biodefensa. Este comité de técnicos era precisamente el que debía liderar la toma de decisiones de una nueva pandemia.    

La OMS en septiembre de 2019, lanzo un grito de alarma, no dudaba en prevenir que la próxima plaga podía ser apocalíptica: “Nos enfrentamos a la amenaza muy real de una pandemia fulminante, provocada por un patógeno respiratorio y liquidar casi el 5 % de la economía mundial. Una pandemia mundial de esa escala sería una catástrofe y desencadenaría caos, inestabilidad e inseguridad generalizada. El mundo no está preparado”

Si cabe mayor precisión, otro informe anterior ya había avisado sobre el peligro específico de los nuevos coronavirus: “La presencia de un gran reservorio de virus similares al SARS-CoV en los murciélagos de herradura, junto con la cultura de comer mamíferos exóticos en el sur de China, es una bomba de relojería- La posibilidad del surgimiento de otro SARS Causado por esos coronavirus animales, no debe ser descartada. Por lo tanto, es una necesidad estar preparados”      

Cada día de esta plaga, la gente se convence más que es el Estado, y no el mercado, el que salva. “Esta crisis—explica Noam Chomsky—es el enésimo ejemplo del fracaso del mercado. Y un ejemplo también de la realidad de la amenaza de una catástrofe medioambiental. El asalto neoliberal ha dejado a los hospitales desprovistos de recursos. Las camas de los hospitales fueron suprimidas en nombre de la eficiencia económica- El Gobierno estadounidense y las multinacionales farmacéuticas sabían, desde hace años, que existía una gran probabilidad de que se produjese una pandemia. Pero como prepararse para ello no era bueno para los negocios, no se hizo nada.”    


Dr. Jorge Las Heras Bonetto
Decano Facultad Ciencias de la Salud

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