Doce pasos separaban a Nani del arquero Claudio Bravo. Era el tercer penal en favor de Portugal después del empate en el alargue y si lo perdía, Chile pasaba a la final de la Copa Confederaciones. El delantero del Valencia español miraba imperturbable al capitán y a la pelota.

Ocho mil chilenos en el Arena Kazán de Rusia. Más de medio millar de estudiantes siguiendo la transmisión en vivo en la Universidad Autónoma de Chile en Santiago, en un silencio donde casi se podía escuchar el susurro de un “vamos capitán” en el otro extremo del Auditorio.

Tira el penal y el delantero de la selección portuguesa lo perdió. Y Chile avanzó a su tercera final de un campeonato importante en tres años.

Todos saltaban. Todos gritaban. Todos se abrazaban en un solo gran festejo donde no importaba de qué Facultad fueran, qué carrera estudiaran o en qué curso iban. Se fundieron en un solo “ceachei” que sonó en el patio, en las salas de clase, en los laboratorios y hasta en la calle.

Algunos tenían clases y otros ya habían terminado por el día. Pero los fieles alumnos de la Roja prefirieron quedarse en su universidad y seguir cada jugada de Medel, Aránguiz, Vidal, Sánchez, Bravo y compañía.

Perder una clase, o dos con el alargue, o tres con los penales. Un almuerzo con amigos o lo que fuera. Todo merecía ser testigo de un partido que quedará en los registros de la historia del fútbol criollo.

Portugal ya quedó atrás. Chile ya tiene asegurado, al menos, el segundo lugar del torneo considerado como el segundo más importante del mundo después del Mundial.

Pero ser campeón ya no es un sueño. Porque esos futuros profesionales saben que querer es poder y que la “generación dorada” del fútbol chileno sí puede ser campeona de la Copa Confederaciones.

 

 

 

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